Introduciendo el marco postpolítico

El contenido del presente post ha sido desarrollado en mayor profundidad por Marta López Marcos en el Trabajo de Fin de Máster “[De]codificando el espacio público: Soportes y disoluciones en la ciudad postpolítica”, en el marco del Máster Universitario de Ciudad y Arquitectura Sostenibles de la Universidad de Sevilla. Este post fue originalmente publicado en La Ciudad Viva el 10-10-2013.

tom_toles1Viñeta de Tom Toles para The Washington Post (6 de febrero de 2012)

Desde hace relativamente poco tiempo, algunos autores y filósofos contemporáneos (como Slavoj Žižek, Jacques Rancière, Chantal Mouffe o Alain Badiou) tratan la postpolítica como un fenómeno que supuestamente estaría configurando el mundo en el que nos situamos. El propio concepto, que en un principio nos llevaría a entender dentro de un secuenciación temporal, implica algo más que un momento de superación: la postpolítica rompe totalmente con la oposición y la diferencia, de tal modo que las formas de poder ejercidas habrían dejado de ser auténticamente políticas. Más que la propia genealogía del término ─que quizás despierte dudas, puesto que parece que se ha sucumbido una vez más al bombardeo de prefijos que afecta al vocabulario de la modernidad─, lo que nos ocupará será tratar de esbozar la estructura del fenómeno postpolítico y las condiciones de espacialización que conlleva, alterando el medio urbano tal y como ha sido conocido, para detectar sus procesos espaciales y debatir posibles alternativas en próximas ocasiones.

A grandes rasgos, el capitalismo y la economía de mercado ordenan los ámbitos social y económico dentro de la lógica postpolítica: las formas de gobierno se estructuran en torno a un falso consenso, mediante el que se trata de ocultar cualquier forma de diferencia o discrepancia. De esta forma se consigue minar la base de cualquier sistema político, ya que la política esencialmente genera y trata el conflicto, pero en ningún caso intenta acabar con él. De hecho, son estos dos factores -la anulación de la diferencia y el control basado en un falso consenso- los principales para entender el fenómeno postpolítico, aunque obviamente existen muchos más. En Miseria de la Filosofía, Karl Marx entendía el fin de la política como “la expresión oficial del antagonismo en la sociedad civil”. Ahora, este proceso parece haber sido revertido: el antagonismo desaparece, pero a través de la lógica impuesta por los mercados y no por la emancipación de la clase trabajadora. Corrientes como la Tercera Vía -popularizada por la posición y el proyecto político del ex-primer ministro británico Tony Blair- o el “fin de la Historia” proclamado por Francis Fukuyama (1992) son posiciones vinculadas a la práctica de la postpolítica.

Una de las características más importantes y detectadas por otros autores (como Badiou o Rancière), es la estrategia del “no-nombrar” (Badiou, 2005): al no nombrar un problema o sujeto, se le priva de su condición simbólica y por tanto se desplaza hacia afuera, se pospone, se externaliza. De esta forma, cada día vemos cómo se habla de “la ciudad” o del “pueblo”, de “la inmigración” o “el terrorismo”,  como entes genéricos que no precisan de mayor definición y que no parecen admitir matices. Por ejemplo, los medios y políticos occidentales consideraron un “levantamiento del pueblo” lo sucedido en Tahrir en 2011, identificando como “el pueblo” a unos pocos cientos de miles de manifestantes frente a los más de 82 millones de egipcios, mientras que los participantes en los levantamientos desarrollados dentro de las propias fronteras occidentales son calificados de “rebeldes”, “anarquistas” o “agitadores violentos”. De este modo, se trata de impedir cualquier identificación entre éstos y “el pueblo” (Swyngedouw, 2011). La clarificación de determinados términos se evita en aras del oportunismo político y da pie a la gestión de todo tipo de materias sin entrar en profundidad en las mismas, buscando siempre la supresión de los conflictos que puedan surgir.

berlin1Ciudadanos sobre el Muro de Berlín. Imagen: Ullstein Bild/Granger Collection (10 de Noviembre de 1989) vía WXXI

Es posible afirmar que el fenómeno postpolítico se manifiesta también espacialmente, tanto en su expansión como en la resistencia hacia el mismo. Basta recordar que ciertos autores sitúan el origen de lo postpolítico en el momento de la caída del muro de Berlín. La reorganización espacial no es sino la expresión de la anulación del conflicto entre los dos grandes bloques de la Guerra Fría y el inicio de una era en la que la política se ve marcada por el consenso global. Pero el gran cambio global no se reduce únicamente a una gran crisis entre dos partes, sino que se manifiesta a partir de multitud de pequeñas crisis y transformaciones en todo el planeta. De hecho, algunos caracterizan la década de los noventa como un periodo intermedio entre la caída del muro de Berlín y el auténtico “después”, que para el filósofo y semiólogo italiano Paolo Virno (2004) corresponde al inicio de la era Bush y la invasión de Iraq.

El geógrafo Erik Swyngedouw ha sido uno de los primeros en estudiar la progresiva espacialización de este fenómeno, sosteniendo que “la condición urbana contemporánea está marcada por un orden postpolítico basado en el control de la distribución espacial y la circulación de bienes y personas dentro de un marco neo-liberal consensuado” (Swyngedouw, 2011). El filósofo Jacques Rancière (1996) es el que desarrolla el marco en el que esta nueva condición urbana se enmarca. Se produce un conflicto entre lo que él llama “la policía” y “la política” (la police, la politique), que Swyngedouw pone en términos espaciales. La policía consiste en el conjunto de mecanismos y estrategias para ordenar y distribuir a gente, cosas y funciones en lugares concretos, de tal modo que los verdaderos espacios de la política se vacían. Precisamente la arquitectura, el planeamiento y las ordenanzas -al menos, desde sus formas más tradicionales- formarían parte de este repertorio policial. Mientras tanto, la política se encarga de reordenar aquello que no tiene lugar, en registrar como voces lo que para la policía es ruido (Swyngedouw, 2011). Con esta postura es posible desmarcarse de otro de los grandes criterios postpolíticos, como es la reducción de los problemas a cuestiones técnicas que deben ser tratadas por expertos en la materia.

cédric_delsaux1Dark Lens. Three AT-ATs, Lille & surrounding Wastelands. Imagen: Cédric Delsaux (2007)

Siguiendo esa lógica tecnocrática, los problemas generados en el seno de la ciudad postpolítica -en el sentido más espacial o “urbano” de la palabra- quedan para su solución exclusivamente en manos del urbanista. La ciudad postpolítica se presentaría entonces como una especie de distopía insulsa y agresiva al mismo tiempo, donde el falso consenso funciona como anestésico para la población y donde los sistemas de vigilancia y control se hipertrofian (Sloterdijk, 2010). El espacio urbano sería parecido a aquél al que Manuel Delgado atribuye las características del espacio concebido de Lefebvre: un espacio acotado por las ciencias y la técnica, “al servicio de una ideología que no puede ser más de dominación y que, en manos de urbanistas, proyectistas, arquitectos y tecnócratas, se convierte en instrumento discursivo clave a la hora de que el capitalismo intervenga y administre lo que siendo presentado como espacio, no deja de ser sino simplemente suelo” (Delgado Ruiz, 2013). Pero desde aquí queremos pensar que el urbanismo no es la ciudad, y no se puede reducir ésta a una práctica “parcelaria” -la proyección del ordenamiento administrativo sobre el territorio, y el consiguiente reparto de las plusvalías generadas-. Quizás estos técnicos hagan más ciudad cuando ejercen de ciudadanos, cuando participan en asociaciones, cuando se implican en sus barrios, y no cuando hacen el urbanismo de la administración. A pesar de que la posibilidad de estar viviendo en un marco postpolítico parece ya irreversible, hay motivos para no perder la esperanza, o al menos, es posible detectar formas -por efímeras o débiles que sean- de generar nuevos espacios políticos dentro de la ciudad, cuyo estudio pretendemos desarrollar dentro de este marco de reflexión. Se nos antoja necesario salir del bucle de hablar constantemente de la obsolescencia de los actuales instrumentos urbanísticos. Un diagnóstico mil veces repetido no cura de una enfermedad. Es el momento de las propuestas.

NOTAS

(1) Juan M. Otxotorena desarrolla la lógica del ‘post’ para una espacio-temporalidad que confiere a las últimas partes del siglo XX un sentido de permanente controversia signado por la proliferación sintomática de prefijos alusivos a un futuro marcado por los alejamientos y no por las certezas: post- (Lyotard, Jameson), tardo- (Jencks), trans- (Rodríguez Magda), sobre- (Augé y Starobinski) hiper- (Lipovetsky), ultra- (Todorov)…

(2) Una de las formas más evidentes para la generación de falso consenso es a través de la encuesta (Rancière, 1996). Mientras que mecanismos como la protesta generan confrontación, la encuesta representa consenso, por lo que es una forma mucho más propia de la lógica gubernamental postpolítica al ser fácilmente manipulable: “Limitar la participación a formas relativamente «superficiales» de compromiso democrático evita los problemas de conflicto” (Paddison, 2010:24).

REFERENCIAS

BADIOU, A., 2005. ‘Politics: A Non-Expressive Dialectics’, leído en Is The Politics of Truth still Thinkable?, conferencia organizada por Slavoj Žižek y Costas Douzinas, 25-26 Noviembre, en Birkbeck Institute for the Humanities, Birkbeck College, Londres.

DELGADO RUIZ, M., 2013. ‘El “espacio público” como representación y falacia en Henri Lefebvre. Consideraciones para Amélie Vialette, de la Ohio State University’ en El Cor de les Aparences-Bloc de Manuel Delgado [blog]. 22 de abril. Accedido el 3 de junio de 2013 [http://manueldelgadoruiz.blogspot.com.es/2013/04/el-espacio-publico-como-representacion.html]

FUKUYAMA, F. 1992. El fin de la Historia y el último hombre. Barcelona: Planeta.

LEFEBVRE, H., 1991 [1974]. The Production of Space. Oxford, UK: Blackwell.

OTXOTORENA, J.M., 1992. La lógica del post: arquitectura y cultura de la crisis. Valladolid: Secretariado de Publicaciones, Universidad de Valladolid.

PADDISON, R., 2010. ‘Protest in the Park: Preliminary Thoughts on the Silencing of Democratic Protest in the Neoliberal Age’, en Variant, (39/40), pp. 20-25.

RANCIÈRE J., 1996. El desacuerdo: política y filosofía.  Buenos Aires: Nueva Visión.

SLOTERDIJK, P., 2010. Ira y tiempo: ensayo psicopolítico. Madrid: Siruela.

SWYNGEDOUW, E., 2011. ‘«Every Revolution Has Its Square»: politicizing the post-political city’, en GANDY, M. (ed.) Urban Constellations. Berlin: Jovis, pp.22-25.

VIRNO, P., 2004. ‘Entrevista’.  Entrevistado por Héctor Pavón en Clarín (Suplemento de Cultura). 24 de diciembre. [http://edant.clarin.com/suplementos/cultura/2004/12/24/u-892109.htm] Accedido el 12 de agosto de 2013.